SÁBADO, 29 DE NOVIEMBRE
Lectura bíblica: Salmo 81
Mateo 6:9: «Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre».
Ayer, un amigo me envió el enlace de un breve monólogo cómico en el que se burlaban de las personas en el gimnasio que llevan botellones enormes de agua. El comediante exageraba diciendo que alguien tenía una mochila de agua con una manguera que iba directo a su boca, y que abría la boca constantemente para succionar de ella. Aunque es una escena humorística, tiene relación con lo que enseña el salmista: ¿Para qué abres tú la boca?
Los primeros cinco versículos son instrucciones para que el pueblo de Dios abra bien su boca para alabarle. Las dos frases iniciales son paralelas en intensificación: cantad con gozo y luego gritad con júbilo al Dios de Jacob. Se debe usar energía y todo tipo de instrumentos musicales para dar gloria a Dios.
El pueblo había estado descuidando el canto y el clamor a Dios. Sus voces se alzaban a dioses ajenos. Sus rodillas estaban endurecidas por inclinarse ante ídolos. Es una imagen desoladora. El pueblo infiel, creado para la alabanza, había abierto su boca a lo que no tiene valor.
La oración del Señor enseña a los creyentes el lugar que ocupa la adoración. Al igual que el Salmo 81, la oración comienza y termina con alabanza a Dios. Cuando los creyentes toman las palabras de Jesús, reconocen que solo Dios el Padre es la fuente de verdadera satisfacción en la vida. Así como el agua es vital para quien está agotado tras el ejercicio, así también la alabanza es vital para el creyente. La adoración revive el corazón e inspira la mente para conocer a Dios tal como Él es. Alabar a Dios es tan satisfactorio como la dulzura de la miel.
Sugerencias para la oración: Piensa en algunos de los nombres o títulos más preciados que usas para referirte a Dios (como: Buen Pastor, Padre, o Jehová Jireh), y dirígeselos en adoración mientras oras.
