NO ME PERTENEZCO A MÍ MISMO, SINO: Parte 1

LUNES, 5 DE ENERO

Lectura bíblica: Salmo 100

Romanos 14:7-9: «Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven».

No me pertenezco a mí mismo. Qué afirmación tan hermosa y profundamente consoladora. ¿Dónde estaríamos si quedáramos librados a nosotros mismos y a nuestros propios recursos? Estaríamos en camino al infierno. ¿Quién de nosotros podría navegar el viaje de este siglo al venidero?

No me pertenezco a mí mismo, sino que pertenezco. Personalmente, pertenezco a Jesús. Los creyentes somos posesión de Cristo. Le pertenecemos. Él nos compró con Su propia sangre preciosa. Entregó Su vida hasta la muerte, para que en nuestra muerte seamos llevados a la vida eterna. Somos sostenidos por Su persona, Su poder y Su presencia. La cruz de Cristo es el lugar de nuestra purificación, y en Su iglesia confesamos juntos, como cuerpo de Cristo, nuestra redención.

El mundo está lleno de personas que intentan seguir solas. El cristiano reconoce que eso es imposible. El mundo hablará del hombre hecho a sí mismo, capaz de levantarse por sus propios medios. El cristiano reconoce que la vida es breve, la muerte es cierta, el pecado es la causa… pero Cristo es la cura.

Cuando miramos a través del prisma de la gracia consoladora de Dios, somos fortalecidos. Fortalecidos para comprender que nunca estamos solos, simplemente porque Él no nos ha dejado solos. Somos fortalecidos, y esa fortaleza produce fortaleza interior y resiliencia mientras procuramos vivir nuestro llamado como discípulos de Cristo. ¡No nos pertenecemos, sino que le pertenecemos!

«Ningún verdadero cristiano es dueño de sí mismo».
— Juan Calvino

Sugerencias para la oración: Confiesa ante el SEÑOR: «Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo Suyo somos, y ovejas de Su prado» (TPH 100B:2).

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