MARTES, 6 DE ENERO
Lectura bíblica: Efesios 1:1-14
1 Corintios 6:19-20: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios».
Vivimos en una sociedad obsesionada con la identidad. «Yo me identifico como…», y a partir de allí se puede escuchar una lista interminable de respuestas. Estas expresiones abundan especialmente en cuestiones relacionadas con el género y la sexualidad. La identidad se ha convertido en un ídolo bajo la forma de la autoafirmación. Qué triste y pecaminoso (y nauseabundo) es todo este asunto de los pronombres. Incluso una mirada casual a las redes sociales revela la visión predominante de que nuestros sentimientos determinan nuestra identidad. Según el mundo, debemos esculpir y moldear nuestra propia imagen, declarar nuestro propio destino y «vivir nuestra mejor vida». Según el mundo, no pertenecemos a nadie más que a nosotros mismos. Sí, mucho de este mundo padece una crisis de identidad.
Cuán crucial es que la verdad del evangelio sea proclamada hasta los confines de la tierra. Los cristianos, por la gracia de Dios, sostenemos una respuesta eterna. Por eso, es muy importante que tengamos absoluta claridad sobre nuestra identidad y el fundamento en el que está arraigada. Somos ovejas de Su redil, pueblo de Su prado y ovejas de Su mano. Qué bendición es descansar en la perfecta obediencia del Cordero de Dios que quita nuestro pecado. Si no hallamos nuestra identidad en pertenecer a nuestro hermoso Pastor Salvador, entonces hay algo radicalmente ausente.
«La voluntad del hombre, sin la gracia de Dios, no es en absoluto libre, sino que es esclava permanente del mal, ya que no puede volverse por sí sola al bien».
— Martín Lutero
Sugerencias para la oración: Confiesa en oración: «Pertenezco a Cristo, no soy de mí; todo cuanto tengo y soy será solo para Él» (TPH 187:1).
