LUNES, 26 DE ENERO
Lectura bíblica: Salmo 51
Romanos 3:23 «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.»
Transgresión. Invasión. Errar el blanco. Quebrantar la ley. Iniquidad. Maldad. En la caída de Adán, todos pecamos. El pecado es invasivo y mortal. Es una ofensa contra Dios y Su santidad. Es elegir seguir nuestro propio camino. Es negarse a obedecer la ley de Dios. El pecado rechaza las normas divinas. Es fallar en amar a Dios y al prójimo como lo exige la Escritura. Mi corazón pecaminoso es atraído al pecado como el metal a un imán.
¿Qué debes saber para vivir y morir en el gozo del consuelo del evangelio? Tú y yo debemos conocer nuestro pecado. Debemos conocer el problema antes de abrazar la solución que solo puede recibirse en Jesucristo. Hemos sido corrompidos por el pecado. Culpables. Separados de Cristo, somos indignos, hipócritas, tramposos y de doble ánimo (¡qué cosas tan horribles de decir sobre nosotros… pero son ciertas!). El Catecismo habla de cuán grande es la ofensa del pecado contra el Dios tres veces Santo. El pecado siempre produce miseria, haciéndonos miserables. ¿Reconoces el veneno del pecado en tu vida? ¿Experimentas remordimiento? ¿Cómo progresas en la vida de arrepentimiento y fe?
David llegó a conocer su pecado después de ser confrontado por el profeta Natán. «¡Tú eres ese hombre!» Y así fue. David pensó que podía ignorar u ocultar su pecado. Dios lo ve todo.
«Todo pecado es un acto de traición cósmica, un intento inútil de destronar a Dios en Su autoridad soberana» —R.C. Sproul.
Sugerencias para la oración:
«Ten piedad, oh Dios, de mí;
en Tu gracia pongo aquí
mi clamor con gran dolor;
borra mi transgresión, Señor.
Lávame, hazme limpio en Ti,
límpiame de mi pecar» (HPH 51C:1).
