Archivo de la etiqueta: Heidelberg

PERTENECER A JESÚS EN CUERPO Y ALMA EN LA VIDA

VIERNES, 9 DE ENERO

Lectura bíblica: Juan 10:22-30

Juan 3:16: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna».

La verdad bíblica de que los creyentes le pertenecen a Cristo es uno de los mayores privilegios y de los más profundos consuelos que poseemos. Esta vida tiene muchas alegrías, pero también está acompañada de muchas penas. Hablamos con honestidad de un valle de lágrimas. Los creyentes reconocen que no pueden viajar de este siglo al venidero por sus propias fuerzas. Los cristianos deben reconocer que nuestra seguridad eterna descansa en Cristo cada día. Cuando las dificultades se presenten, necesitamos recordar las palabras del himno: «Si mi fe ha de caer, Él me sostendrá; en la tentación yo sé: Él me sostendrá. No podría estar de pie en la oscuridad, pues mi amor muy frágil es; Él me sostendrá».

Pertenecer a Cristo significa identificarse con Él y comprometerse con Jesucristo, reconociéndolo como Señor y Salvador. Pero significa, ante todo, que nada podrá separarme del amor de Cristo. Qué precioso es conocer el amor de Dios. Sublime gracia, ¡cuán dulce el sonido que a un vil salvó! Pertenecer significa que, por la fe, podemos aferrarnos a la realidad inconmovible de que nadie puede arrebatarnos de la mano del Salvador. ¿Crees esto? ¡Oh, debes creerlo! Conocer personalmente a Jesús como nuestro buen Pastor es una convicción firme como la roca, venga lo que venga.

«Esfuérzate por conocer más y más a Jesús, porque mientras más lo conozcas, más lo amarás».

— George Whitefield

Sugerencias para la oración: Ante el trono de la gracia confiesa: «Solo en Dios espera en silencio mi alma; de Él viene mi salvación. Solo Él es mi roca y mi salvación, mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; en Dios está mi roca fuerte, y mi refugio es Dios» (TPH 62A:1,3).

NUESTRAS ALMAS TAMBIÉN PERTENECEN A JESÚS

JUEVES, 8 DE ENERO

Lectura bíblica: Salmo 43

Judas 1-2 y 20-21 «Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo: Misericordia y paz y amor os sean multiplicados. […] Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna».

¿Con cuánta frecuencia pensamos en nuestras almas mientras viajamos de este siglo al venidero? El salmista, hablándose a sí mismo, se preguntaba por qué su alma estaba abatida. Reflexionaba sobre por qué se sentía turbada dentro de él. Estaba describiendo un estado de inquietud, ansiedad, o tal vez hasta agitación. Seguramente esta también ha sido tu experiencia a lo largo de la vida.

¿Qué haces en una situación así? El salmista nos llama a esperar en Dios y en Sus múltiples promesas. En otro lugar de las Escrituras se nos llama a la esperanza que no avergüenza, y a descansar en el hecho de que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Ro 5:5). Cuando morimos, nuestras almas salen del cuerpo. ¿Acaso van simplemente al abismo? No. Nuestras almas pertenecen a Jesús, y Él cuidará de ellas con excelencia, así como lo hace cada día que vivimos. ¡Alabado sea el SEÑOR!

Y qué bendición es confesar esto: «guardados» y «conservaos» — hermosas palabras de fe. Somos guardados por el SEÑOR en cuerpo Y alma, bajo Su tierno cuidado. Y como respuesta, hemos de conservarnos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. ¡Que el SEÑOR bendiga así tu alma!

«El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».

— Catecismo Menor de Westminster

Sugerencias para la oración: Confiesa ante el SEÑOR: «Pertenezco a Cristo, ¡pensamiento bendito! Con Su sangre más preciosa, mi alma ha sido comprada» (TPH 187:3).

NUESTRO CUERPO LE PERTENECE

MIÉRCOLES, 7 DE ENERO

Lectura bíblica: Salmo 56

1 Pedro 5:6-7: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros».

Nuestros cuerpos están llenos de debilidades. No solo hay dolores físicos, sino también muchas penas en este valle de lágrimas. Algunos han pasado por traumas que las palabras no pueden describir. Pensemos en nuestros hermanos y hermanas de la iglesia perseguida. Un día llegará nuestro último aliento. Los ancianos deben morir. Los jóvenes pueden morir. Y, sin embargo, con los ojos puestos en el Señor Jesucristo, confesamos con gozo que Él pagó una deuda que no debía para liberarnos de una deuda que no podíamos pagar.

Pertenecer implica ser posesión de alguien. ¿A quién pertenecemos? En una palabra: a Jesús. ¡Y qué bendición, qué seguridad es saber que, venga lo que venga, los creyentes saben por fe que nada puede separarlos de su bendito Redentor, quien dio Su cuerpo para asegurar el nuestro! Él ha tomado Su posesión, Su herencia, Su pueblo: todo por gracia. Asegurados por el amor de nuestro Salvador en la cruz, confirmados en Su resurrección, el amor de nuestro Redentor no nos soltará, sin importar las circunstancias de nuestras vidas. ¡Qué hermoso es confesar con el salmista que nuestras lágrimas están en Su redoma y en Su libro! Nuestras cargas son Su cuidado. ¡En esta vida, pertenecemos a Él! Al orar por fuerza para hoy y esperanza brillante para el mañana, fundamenta tu oración en la firme convicción de que perteneces a Jesús.

«Todos los que pertenecen a Jesucristo están clavados con Él en la cruz».

— Agustín

Sugerencias para la oración: Confiesa en oración: «Pertenezco a Cristo, Él es mi Señor, reina en lo más profundo de mi corazón sobre todo lo que soy» (TPH 187:2).

NO ME PERTENEZCO A MÍ MISMO, SINO: Parte 2

MARTES, 6 DE ENERO

Lectura bíblica: Efesios 1:1-14

1 Corintios 6:19-20: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios».

Vivimos en una sociedad obsesionada con la identidad. «Yo me identifico como…», y a partir de allí se puede escuchar una lista interminable de respuestas. Estas expresiones abundan especialmente en cuestiones relacionadas con el género y la sexualidad. La identidad se ha convertido en un ídolo bajo la forma de la autoafirmación. Qué triste y pecaminoso (y nauseabundo) es todo este asunto de los pronombres. Incluso una mirada casual a las redes sociales revela la visión predominante de que nuestros sentimientos determinan nuestra identidad. Según el mundo, debemos esculpir y moldear nuestra propia imagen, declarar nuestro propio destino y «vivir nuestra mejor vida». Según el mundo, no pertenecemos a nadie más que a nosotros mismos. Sí, mucho de este mundo padece una crisis de identidad.

Cuán crucial es que la verdad del evangelio sea proclamada hasta los confines de la tierra. Los cristianos, por la gracia de Dios, sostenemos una respuesta eterna. Por eso, es muy importante que tengamos absoluta claridad sobre nuestra identidad y el fundamento en el que está arraigada. Somos ovejas de Su redil, pueblo de Su prado y ovejas de Su mano. Qué bendición es descansar en la perfecta obediencia del Cordero de Dios que quita nuestro pecado. Si no hallamos nuestra identidad en pertenecer a nuestro hermoso Pastor Salvador, entonces hay algo radicalmente ausente.

«La voluntad del hombre, sin la gracia de Dios, no es en absoluto libre, sino que es esclava permanente del mal, ya que no puede volverse por sí sola al bien».
— Martín Lutero

Sugerencias para la oración: Confiesa en oración: «Pertenezco a Cristo, no soy de mí; todo cuanto tengo y soy será solo para Él» (TPH 187:1).

NO ME PERTENEZCO A MÍ MISMO, SINO: Parte 1

LUNES, 5 DE ENERO

Lectura bíblica: Salmo 100

Romanos 14:7-9: «Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven».

No me pertenezco a mí mismo. Qué afirmación tan hermosa y profundamente consoladora. ¿Dónde estaríamos si quedáramos librados a nosotros mismos y a nuestros propios recursos? Estaríamos en camino al infierno. ¿Quién de nosotros podría navegar el viaje de este siglo al venidero?

No me pertenezco a mí mismo, sino que pertenezco. Personalmente, pertenezco a Jesús. Los creyentes somos posesión de Cristo. Le pertenecemos. Él nos compró con Su propia sangre preciosa. Entregó Su vida hasta la muerte, para que en nuestra muerte seamos llevados a la vida eterna. Somos sostenidos por Su persona, Su poder y Su presencia. La cruz de Cristo es el lugar de nuestra purificación, y en Su iglesia confesamos juntos, como cuerpo de Cristo, nuestra redención.

El mundo está lleno de personas que intentan seguir solas. El cristiano reconoce que eso es imposible. El mundo hablará del hombre hecho a sí mismo, capaz de levantarse por sus propios medios. El cristiano reconoce que la vida es breve, la muerte es cierta, el pecado es la causa… pero Cristo es la cura.

Cuando miramos a través del prisma de la gracia consoladora de Dios, somos fortalecidos. Fortalecidos para comprender que nunca estamos solos, simplemente porque Él no nos ha dejado solos. Somos fortalecidos, y esa fortaleza produce fortaleza interior y resiliencia mientras procuramos vivir nuestro llamado como discípulos de Cristo. ¡No nos pertenecemos, sino que le pertenecemos!

«Ningún verdadero cristiano es dueño de sí mismo».
— Juan Calvino

Sugerencias para la oración: Confiesa ante el SEÑOR: «Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo Suyo somos, y ovejas de Su prado» (TPH 100B:2).

ÚNICO CONSUELO EN LA MUERTE

DÍA DEL SEÑOR, DOMINGO 4 DE ENERO

Lectura bíblica: 1 Corintios 15:1-28

Salmo 116:15: «Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos».

La muerte es el último enemigo. «La paga del pecado es muerte» (Ro 6:23a). Y sin embargo, en este Día del Señor, nos reunimos con la congregación en los atrios del SEÑOR para confesar que la muerte ha sido vencida. Como cuerpo de Cristo, nos hemos congregado para proclamar la gloria de la resurrección. Jesús murió y resucitó para que un día sus seguidores sean llamados fuera de la tumba. ¡¡Aleluya, ALABAD AL SEÑOR!!

Uno podría preguntar: «Si Cristo murió por nosotros, ¿por qué tenemos que morir nosotros también?» (Catecismo de Heidelberg, P. 42). Qué privilegio es responder: «Nuestra muerte no es una paga por nuestros pecados, sino sólo una abolición del pecado y un paso a la vida eterna» (C.H., R. 42).

Y cuán bienaventurado es confesar también con el Día del Señor 17:

45. P. ¿En qué nos beneficia la resurrección de Cristo?

R. En primer lugar, por Su resurrección Él ha vencido la muerte para hacernos participantes de la justicia que Él ha comprado para nosotros mediante Su muerte.

En segundo lugar, por Su poder nosotros también somos resucitados a novedad de vida.

Finalmente, la resurrección de Cristo es una firme garantía de nuestra bendita resurrección.

(Ro 4:25; 1 Co 15:16-20; 1 P 1:3-5; Ro 6:5-11; Ef 2:4-6; Col 3:1-4; Ro 8:11; 1 Co 15:12-23; Fil 3:20-21)

Nunca olvides las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Jn 11:25-26). Sí, ¡¡Aleluya, ALABAD AL SEÑOR!!

Sugerencias para la oración: «Pues no dejarás mi alma en el sepulcro, ni permitirás que Tu Santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en Tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a Tu diestra para siempre» (TPH 16:5).

ÚNICO CONSUELO EN LA VIDA

SÁBADO, 3 DE ENERO

Lectura bíblica: Salmo 139:1-18

Salmo 139:7-10: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra».

Mientras viajamos hacia el siglo venidero, nuestra gran necesidad sigue siendo el consuelo del evangelio. Consuelo no en el sentido de comodidad, sino como la fuerza necesaria para andar cada día con la certeza de que nuestro SEÑOR va delante de nosotros, venga lo que venga. La palabra «consuelo» proviene del francés antiguo confort, que a su vez deriva del latín tardío confortare, que significa «fortalecer grandemente». Esa es nuestra gran necesidad en este valle de lágrimas. Esa es nuestra gran necesidad mientras nos preparamos para la eternidad. Esa es nuestra gran necesidad para poder vivir coram Deo, delante del rostro de Dios.

Puede que tu vida haya tenido más de su parte de luchas. Y, sin embargo, ¿a quién tenemos sino al SEÑOR? Alabemos al SEÑOR en la congregación y en nuestros hogares, porque nuestra mayor necesidad ha sido suplida en las misericordias, la gracia y la compasión de nuestro gran Dios Triuno. Este don ha sido concedido a todos los verdaderos creyentes que miran a Jesucristo para su salvación. Al disponernos a reunirnos con la congregación en la que hemos sido colocados, que el SEÑOR añada Su bendición, para que una vez más seamos fortalecidos en el consuelo, el maravilloso consuelo de las benditas promesas aseguradas en Jesucristo nuestro SEÑOR.

«No hay poder, acción ni movimiento errático en las criaturas, sino que están gobernadas por el plan secreto de Dios de tal manera que nada sucede sino lo que Él conoce y decreta voluntariamente».
— Juan Calvino

Sugerencias para la oración: Confiesa ante el trono de la gracia: «Padre, yo sé que toda mi vida ha sido dividida por Ti; los cambios que sin duda vendrán no temo al recibir; tan solo pido un alma en paz, dispuesta a agradarte a Ti» (TPH 500:1).

MI ÚNICO CONSUELO

VIERNES, 2 DE ENERO

Lectura bíblica: Juan 14:1-7

Juan 14:6: «Jesús le dijo (a Tomás y al resto del mundo): Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».

En este mundo lleno de pecado y miseria, es de gran consuelo hablar de nuestro ÚNICO consuelo. Aunque hay otras realidades que pueden animarnos en el camino, en última instancia solo hay UN consuelo: Jesucristo, Señor y Salvador de todos los que creen. ¿Compartes esta convicción?

Existen muchas llamadas religiones. Todas afirman tener respuestas a las preguntas fundamentales. Todas las demás religiones enfatizan lo que el ser humano debe hacer. El cristianismo insiste en que debemos confiar en lo que Cristo ha hecho y está haciendo. La fe cristiana rechaza todas las demás pretensiones. La fe cristiana declara con valentía que solo hay una manera de ser recibido en el siglo venidero. Jesús, en camino a la cruz, declara para todos que Él es el único camino, la verdad y la vida. Y alabado sea Dios, porque por medio de Él, se promete a los seguidores de Cristo la vida abundante por venir.

La fe cristiana es una fe exclusiva. Excluye a todos los que no reciben al Salvador. Como alguien ha dicho: «La afirmación más controvertida y a la vez más fundamental de la fe cristiana es que solo Jesús ha cumplido todo lo necesario para la salvación de todos los que creen en Él. Por esta razón, debe ser digno de toda confianza. Esta doctrina separa al cristianismo de toda otra cosmovisión, y une toda otra doctrina dentro de nuestra fe».

«Yo creo en el cristianismo como creo que el sol ha salido: no solo porque lo veo, sino porque por él veo todo lo demás».

— C. S. Lewis

Sugerencias para la oración: En oración, confiesa delante del SEÑOR: «No tengo otro consuelo que me sostenga en la vida y en la muerte, sino que soy de mi Salvador, cuya muerte me asegura la vida. A ti, con alma y cuerpo, oh Jesús, pertenezco; Tú eres mi único Dueño y mi poderoso Redentor» (TPH 480:1).

UNA PREGUNTA MUY IMPORTANTE: ¿CUÁL ES TU ÚNICO CONSUELO EN LA VIDA Y EN LA MUERTE?

AÑO NUEVO, JUEVES 1 DE ENERO

Lectura bíblica: Isaías 40:1-11

Isaías 40:1: «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios».

Por la gloriosa gracia de Dios hemos entrado al año de nuestro SEÑOR 2026. Y mientras las «horas, días, años y siglos huyen veloces como sombras que se mueven», los creyentes avanzan día a día con la confianza en las grandes promesas de Dios. ¿Y dónde estaríamos sin esas preciosas promesas?

A medida que el lienzo del nuevo año (si Dios quiere) se extiende ante nosotros, habrá momentos de incertidumbre (humanamente hablando) y quizás dudas persistentes. El escenario mundial está en crisis. ¿Cómo deben avanzar los cristianos? La pregunta inicial del Catecismo de Heidelberg, junto con su respuesta, es un fundamento para nuestro caminar con el SEÑOR. Cada día, una y otra vez, debemos volvernos al SEÑOR en busca de Su guía por medio de Su Palabra y mediante la obra del Espíritu Santo. Cada día, una y otra vez, necesitamos fijar los ojos en Jesús (He 12:1). Aunque no sabemos lo que depara el futuro, sí sabemos quién lo sostiene. Siempre debemos creer que nuestro cuidado está en Sus manos protectoras.

Hace mucho tiempo, Isaías pronunció palabras de consuelo a la comunidad del pacto, declarando que su iniquidad había sido perdonada. Necesitamos el consuelo de ese mismo perdón. Pídelo. Da gracias al SEÑOR por Sus misericordias abundantes. Necesitamos el consuelo de saber que nuestro SEÑOR va delante de nosotros. Necesitamos el consuelo que confiesa que le pertenecemos a Jesús.

«Si el Señor está con nosotros, no tenemos por qué temer. Su mirada está sobre nosotros, Su brazo sobre nosotros, Su oído abierto a nuestra oración; Su gracia es suficiente, Su promesa inmutable».
— John Newton

Sugerencias para la oración: Da gracias al SEÑOR porque puedes cantar: «Consolad, consolad a mi pueblo, dice Dios, habladle paz; consolad a los que lloran bajo su carga de aflicción. Proclamad a Jerusalén que ya viene su bien; decid que su culpa es quitada, y su lucha ha de cesar» (TPH 298:1).

INTRODUCCIÓN AL MES DE ENERO

por Rev. Peter Vellenga

Nuestras devociones para comenzar el Año de nuestro SEÑOR 2026 estarán basadas en la enseñanza del Día del Señor 1 del Catecismo de Heidelberg. Seguiremos nuestra amada declaración inicial, frase por frase.

Nuestra mayor necesidad es el Señor Jesucristo: pertenecerle como Su posesión, pertenecer a nuestro Redentor en cuerpo y alma, y pertenecer a nuestro Salvador a lo largo del peregrinaje de esta vida, mirando más allá de nuestra muerte hacia el siglo venidero. Qué bendición incomparable es confesar que Cristo ha pagado por completo los pecados de aquellos que le pertenecen.

La Biblia enseña que hay un león en nuestras calles, rondando, buscando a quién devorar. Ser liberados de la tiranía del diablo es un gran consuelo. El mayor consuelo del creyente es pertenecer a Jesús.

Sí, nuestro fiel Salvador Jesucristo es nuestro único consuelo. Nos pertenece en la soledad y en la comunión de la vida congregacional. Nos pertenece en medio del bullicio y el ruido a menudo estridente de la vida en sociedad. Nos pertenece cuando atravesamos el valle de las lágrimas y al fijar nuestra mirada en el siglo venidero. Nuestro único consuelo es lo que necesitamos en toda situación de la vida.

Las lecturas bíblicas hablarán por sí solas. La mayoría de las meditaciones concluirán con una cita como alimento para la reflexión. Las sugerencias para la oración estarán basadas en una estrofa del Trinity Psalter Hymnal. Que el SEÑOR añada Su bendición a nuestras meditaciones en común.

Catecismo de Heidelberg: Día del Señor 1

1. ¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?

Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien con Su preciosa sangre ha hecho una satisfacción completa por todos mis pecados y me ha librado de todo el poder del diablo. Además, Él me preserva de tal forma que, sin la voluntad de mi Padre celestial, no puede caer ni un cabello de mi cabeza: más aún, todas las cosas deben servir para mi salvación. Por lo tanto, mediante Su Espíritu Santo, también me asegura que tengo vida eterna y me prepara y dispone de corazón para que viva para Él, de aquí en adelante.

2. ¿Cuántas cosas necesitas saber para que, gozando de este consuelo, puedas vivir y morir felizmente?

Tres: la primera, cuán grandes son mis pecados y mi miseria; la segunda, cómo puedo ser librado de todos mis pecados y de mi miseria; la tercera, cómo debo expresar mi gratitud a Dios por tal liberación.

Acerca del autor del mes de enero:

El reverendo Peter Vellenga es el autor correspondiente al mes de enero. Actualmente sirve como predicador itinerante, proclamando la Palabra en diversas denominaciones y federaciones reformadas. También participa activamente en varios contextos de voluntariado. Anteriormente pastoreó congregaciones en Aylmer y Clinton, Ontario. Él, junto contigo, espera con anhelo el cumplimiento pleno de nuestro único consuelo. Peter y su esposa Judith residen en Delaware, Ontario (¿puedes encontrarlo en un mapa?:) y han sido bendecidos con ocho hijos y una creciente descendencia de nietos.