MARTES, 18 DE AGOSTO
Lectura bíblica: Salmo 51:3-6
Salmo 51:3: «Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí».
Es quizás lo más difícil que debemos hacer como seres humanos. En efecto, es difícil admitir cuán pecadores somos. David no está del todo sorprendido de haber caído tan bajo. Él sabe lo que es. Confiesa esa verdad. Tú y yo necesitamos admitir que pecamos porque somos pecadores. Nacimos pecadores y como el Catecismo de Heidelberg lo expresa: propensos a odiar a Dios y a mi prójimo (Pregunta y Respuesta 5).
Hay dos dificultades en ser totalmente honestos con nosotros mismos. Son compararnos con otros y buscar excusas. A eso podemos añadir el hecho de que la confesión trae vergüenza. Ahora, el Señor en su fidelidad no nos castiga cada vez que pecamos y así parece que no hay repercusión inmediata por los pecados. Entonces nos sentimos seguros hasta que el piso se derrumba, nuestra vida está en ruinas y parece que no hay salida. El pecado puede significar una pérdida de dignidad o la ruptura de una relación y entonces sentimos remordimiento. Pero el remordimiento no es arrepentimiento. Necesitamos llegar a ese lugar de completa humildad, como el publicano en la parábola de Jesús (Lc 18).
Nosotros, con David, debemos ver que hemos ofendido y nos hemos rebelado contra Dios. Cuando finalmente podemos admitir quiénes somos y cómo hemos ofendido a Dios, podemos arrepentirnos. Entonces experimentaremos la misericordia de Dios hacia nosotros en Cristo Jesús.
Sugerencias para la oración: Ora para poder ser honesto contigo mismo y con lo que has hecho. Ora para confiar en que Dios te escuchará y te bendecirá si pides misericordia desde un lugar de humildad y para descansar en su gracia.
