ENTREGARTE A TI MISMO A DIOS

DOMINGO, 27 DE SEPTIEMBRE

Lectura bíblica: Efesios 2:1-10

1 Pedro 4:8-10: «Ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios…»

Cada vez que nuestro amigo Mark nos visita, siempre recibe una lista de tareas pendientes. Tiene talento para arreglar cosas. ¿Por qué menciono esto? Bueno, al ofrecerle tus talentos a Dios (las habilidades que él te ha dado), conviene tener presentes tus propias capacidades y tu nivel de destreza, así como las necesidades que existen a tu alrededor.

En primer lugar, da a la familia de la fe. Debes conocer a las personas de tu iglesia lo suficiente como para saber cómo ayudarlas o bendecirlas. Si se te da bien hacer declaraciones de impuestos, ayuda a alguien que tenga dificultades con eso. Si eres bueno para las tareas del hogar, ayuda a que un hogar monoparental las saque adelante.

En segundo lugar, enseña también a tus hijos a involucrarse. ¡Los estudios calculan que los adolescentes canadienses pasan poco más de cinco horas al día en su celular! Imagina si tan solo una parte de ese tiempo se dedicara a enseñar a nuestros jóvenes a bendecir a otros: pasando tiempo con un anciano solitario, escribiendo una nota de aliento a alguien que está enfermo, o cortando el césped o podando los arbustos de la familia de la cuadra que está pasando por una enfermedad.

En tercer lugar, pregúntense mutuamente, como parte de la rendición de cuentas, cómo están usando los talentos que Dios les ha dado para ser de bendición a otros. Eres hechura suya, su embajador ricamente dotado, enviado para exhibir el amor de Jesús a los demás.

En cuarto lugar, mientras estés en la iglesia, pide a Dios que te muestre cómo tú (y tu familia) pueden servir esta semana entre los miembros de la congregación, en tu vecindario, o más allá.

Sugerencias para la oración: Ora para que Dios te revele a las personas de tu iglesia o de tu comunidad que necesitan tu ayuda; pide al Espíritu de Dios que te dé la gracia de ofrecer ayuda con tanta bondad que quienes la reciban puedan aceptarla de buen grado.

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