MIÉRCOLES, 7 DE OCTUBRE
Lectura bíblica: Salmo 102
Salmo 102:26-27: «Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos se envejecerán como una vestidura. Como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán».
Si no has visto a tu abuela en un tiempo, ¿qué es probable que te diga cuando vuelvas a verla? «¡Mira cuánto has crecido!». Los seres humanos cambiamos constantemente. Envejecemos. El Espíritu Santo santifica el carácter de los creyentes, haciéndonos más semejantes a Cristo. Tanto nuestro entendimiento de la palabra de Dios como nuestro amor por él van creciendo. Podemos comenzar una nueva carrera o tomar alguna otra decisión que cambie nuestros hábitos diarios. Sin embargo, Dios nunca cambia.
La vida de Dios nunca cambia. Él siempre ha existido. No se hace más fuerte con cada batalla que gana. No se agota al final de un día largo. Aunque experimenta más cosas, no se vuelve más sabio. El Dios que le habló a Abraham es el mismo Dios de la iglesia primitiva, y el mismo Dios hoy y por siempre.
En distintas etapas de nuestra vida, somos amigos cercanos de diferentes personas. Es posible que hoy ni siquiera conozcas a quienes antes jugaban contigo con regularidad en el parque. Sin embargo, la relación de pacto de Dios con su pueblo nunca cambia. Su amor por ellos es firme.
La palabra de Dios nunca cambia; es verdad. Podemos confiar en que lo que Dios dice siempre será verdadero. A veces las decisiones de los padres cambian según el hambre o el cansancio que tengan, pero no sucede así con Dios. Él nunca actúa de manera contraria a su carácter. Su propósito para la historia no cambia. Dios no cambia.
Sugerencias para la oración: Alaba a Dios por su fidelidad y su digna confiabilidad, y por serlo siempre. Ora para obedecerle con fe. Pide ojos para ver hoy a Dios como el mismo Dios de la Biblia.
