LOS CRISTIANOS DEBEN EXAMINARSE UNOS A OTROS

JUEVES, 24 DE SEPTIEMBRE

Lectura bíblica: Salmo 119:73-80

Proverbios 12:2: «El bueno alcanzará favor de Jehová; mas él condenará al hombre de malos pensamientos».

¿Quién es el hombre bueno? El hombre bueno es aquel a quien se le ha hecho consciente de su pecaminosidad y de su necesidad de ser limpiado por la sangre de Jesús. El cristiano es constantemente consciente de esto y medita en ello, lo cual lo humilla. Tal persona recibe favor y bendiciones de Jehová: es adoptada por Jehová. El Espíritu de Jehová vive en ella, refrenando su pecado. Este freno es urgentemente necesario. Todo el libro de Proverbios está escrito para los creyentes, para ser leído por los instruidos en Jehová, a fin de que sean advertidos, estén preparados para renunciar al pecado, aborrecerlo y volver a Dios.

El hombre (o la mujer) de malos pensamientos no reconoce los patrones de pensamiento que son destructivos y desagradables a Dios; al contrario, se entrega a ellos. Un corazón humano, en el que se le cede al pecado tan solo un pequeño punto de apoyo, terminará por establecer un cuartel general donde el pecado se convierte en una fábrica de virus, enviando infección a los pensamientos y las acciones de la vida de esa persona. El pecado ciega al pecador respecto a sus motivos, su afán de exaltarse a sí mismo y sus efectos endurecedores. Estas corrientes de infección conducen a la rebelión contra los caminos de Dios.

¿Alguna vez has conocido a alguien obsesionado con los gérmenes? Le ofreces una galleta, pero se niega a comerla porque no te lavaste las manos antes de tomarla. Le repugna tanto la suciedad que desinfecta el pomo de una puerta antes de tocarlo. Querido hermano en la fe, ¿eres tú un «pecadofóbico»? Eso es precisamente lo que se retrata aquí. El pecado, incluso el mero pensamiento de actuar pecaminosamente, debería provocarte una repulsión visceral.

Sugerencias para la oración: ¿Te provoca tu propio pecado una repulsión visceral? Si no es así, ora para que el Espíritu de Dios te dé una gran sensibilidad ante la miseria del pecado. Si es así, ora para ayudar a otros a reconocer su pecado y a conocer la mayor misericordia y compasión que Dios les extiende en Cristo.

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